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Por los traumas creados. Este verano pasado fue el primero en el que al bañarme en el mar no me preocupé por ser devorada por un tiburón de quince metros obsesionado con la aniquilación de una familia al completo. Teniendo en cuenta que las olas del Atlántico al sur de Lisboa pueden hacer que acabes cabeza abajo o a 500 metros de la orilla, y todo esto sin bañador, más me valía estar atenta a ellas que a lo que pudiera estar moviéndose bajo mis pies. Aunque ahora que lo pienso fui una auténtica inconsciente, una ola no puede comerte.

También está lo de sobrevolar el mar en avión. Pero vamos a ver, ¿a quién se le ocurrió poner en la tele “Aeropuerto 77″ justo el día antes de volver de Tenerife? ¿Y por qué mi madre se confabuló con Hollywood contándome dos horas antes de subir al avión que en aeropuerto del que saliamos se había producido el mayor accidente de la historia de la aviación española? Diez años después de aquello me sigue poniendo de los nervios tener que coger un avión que vuele por encima del mar. ¿Por qué? Pues porque los telefilmes me han dejado claro que si cae en tierra como mucho sobrevive uno, a lo sumo dos pasajeros, y yo nunca he tenido suerte en la lotería. Pero ay si cae al mar. Ahí vamos todos derechitos a las mandíbulas de una familia de tiburones asesinos que buscan venganza por no haber podido acabar con la familia del jefe de policia de la isla de Amity. Que un avión es todo chapa y grapas, que no es seguro.

Y ya que estamos, y por dejar el tema de los tiburones y el mar, y sus posibles variantes como los tiburones de agua dulce asesinos, las pirañas asesinas, las abejas asesinas, las hormigas asesinas, los calamares asesinos (estos existen, los vi en un telefilm), los tiburones mezclados con genes perrunos y/o humanos (nunca me quedó clara la mezcla) asesinos (estos también existen, he visto dos veces la película), hablaré del tema exorcismos. “El exorcista”, película que no he visto ni una sola vez en mi vida, pero cuya sola existencia me ha traumatizado. Media infancia preocupada por ser poseida y hace un par de años van y me dicen que con el bautizo o la comunión esto no pasa. Entonces, la pregunta es ¿si yo me quiero dar de baja en la iglesia, se anula el efecto inmunizante? ¿Tendré que volver a preocuparme por este asunto? ¿Alguien sabe si es cierto eso de que estando confirmado puedes hacer exorcismos? Me parece la releche.

Señores de Hollywood, a ver si hay huevos y consiguen ustedes mezclar los tiburones, los aviones y los exorcismos en una sola película y acabar con mi vida definitivamente.

Ayer estuve tentada a hacer un comentario sobre los contenidos del GRE (examen sobre conocimientos básicos para entrar en el tercer ciclo de las universidades americanas) en el blog. Pero recordé esa especie de contrato que me hicieron firmar en el que se me prohibía expresamente hablar de cualquier parte del contenido del examen bajo pena de muerte. Me entró el pánico y decidí no comentar nada.

En el examen del TOEFL (examen de inglés como segundo idioma) pasaba lo mismo. Que no sé yo, pero a menos que tengas la memoria del tamaño de un melón (grande) es imposible que puedas recordar cada una de las 28 preguntas que como mínimo hay en cada apartado con sus cuatro posibles soluciones. Más los textos, los audios, y un largo etc.

Y es que empiezo a pensar que los americanos sobrevaloran demasiado al extranjero: que si tenemos una memoria excelente, que si conocemos los mejores trucos para hacer trampas en un examen, que si tenemos armas de destrucción masiva capaces de destruir el mundo, etc etc.

Porque esa es otra. En el examen del TOEFL no te dejaban pasar ni pañuelos por si simulando que te vas a sonar los mocos lees la chuleta con los verbos que previamente has escrito en los mismos. Claro, el viernes con toda mi buena fe le pregunté a la guardiana del GRE que si podía pasar pañuelos y me miró como si viniera de otro planeta. Y yo supongo que esto es porque el GRE lo hacemos americanos y no americanos, y un americano es de todos sabido que no hace trampas pañuelo en mano. Pero ¡ay los extranjeros, panda de degenerados!

Que digo yo, podían poner directamente policias a la entrada del centro examinador, unos para registrarnos los bolsillos y otros con una máquina de la verdad, o en su defecto un vidente, para saber a qué tipo de tramposo se están enfrentando. Si esto fuera así ahora mismo no estaría con el alma en vilo preguntándome si no estará en estos mismos instantes siendo examinada la cinta de la cámara que había sobre mi cabeza con el momento en el que saqué un cigarro para el descanso en el que llevaba escrita la fórmula del área de la circunferencia.

Y lo pesado que se hace que te tengas que tirar cuatro meses presentando papeles y haciendo exámenes para una beca que tardarán dos meses más en decirte si sí o si no ¿qué?

¿Y la de dinero que se invierte en ello? ¿Y lo mal que te sientes cuando no tienes ni un duro porque elegiste vida estudiantil en lugar de vida laboral lo que te convierte en el parásito que eres al que todo esto se lo tienen que pagar sus padres?

¿Y qué hay de sus consecuencias? ¿Qué hay del mal humor, el lloriqueo, el hartazgo, las ganas de pegar a alguien? ¿Y de que ahora tenga insomnio y pesadillas absurdas?

Mi hermana y yo nos vamos a California. Mi hermana está tan pesada que no me da tiempo a meter en la maleta ropa para un año. Me voy sin maleta pero con una camiseta amarilla puesta. La maleta daba igual, no me habían dado la beca, pero se me había olvidado. Estados Unidos es todo rascacielos y desierto. Esto no es lo que yo llamaría una pesadilla en condiciones. Ni siquiera aparecía Godzilla.

Reargh.

Es lo que hay que sumar a los cinco grados bajo cero del pasillo de la cafetería; los tres grados de la biblioteca que crean ese tan grato clima para el estudio; las salas de ordenadores abarrotadas; los libros de los que sólo existe un ejemplar que está extraviado; los libros de los que existen ocho ejemplares, todos ellos convenientemente subrayados por bolis, lápices y rotuladores de todos los colores; la gente que te aborda por los pasillos para que firmes contra cualquier cosa; las fiestas en las que la protesta contra alguna “injusticia” se demuestra emborrachándose; la gente que no recoge la basura que genera; los profesores que abogan porque la humillación es la mejor educación; los grupusculos de protestantes del hall que mandan callar; los estudiantes que primero insultan y después exigen.

Pues eso, que o las cañerías empiezan a estar jodidas o en uno de los baños de la primera planta hay un claro caso de poltergeist.

Bienvenidos a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, paraiso terrenal.

Anoche se produjo uno de esos casos claros en los que internet te mira a los ojos y te dice: “Ahí te quedas, ¡pringao!”. El messenger y gmail murieron. A mi no me gusta que me la juegue la tecnología. Pero noto como últimamente se está revelando en mi contra.

Como ejemplo el ipod. Cuando pasaba un mes del cumplimiento de la garantía el que antes era conocido como mi pequeño y adorable ipod se convirtió en ese maldito aparato del diablo que sólo funciona cuando misteriosamente se enciende dentro del bolso. Otro tanto ocurrió con la minicadena, la supernintendo, y un largo etc.

Por ahora él único que me sigue siendo fiel es el portatil y en realidad lo que creo que pasa es que me estoy dejando deslumbrar por sus encantos.

Esto me recuerda a cuando de pequeña los juguetes que me compraban mis padres tenían siempre algún fallo de fábrica. Aquel estupendo salón de los playmobil en el que se suponía que venía un sillón precioso y una única planta, pero en el que a mi me vinieron dos plantas como consolación, con motivo de lo que yo supuse era una escasez de sillones en la fábrica playmobil.

¿Compraban mis padres más barato por ser juguetes defectuosos? ¿Había una situación precaria en la familia de la que nunca nadie me ha hablado que les empujaba a ello? Y enlazando con el tema de la tecnología, ¿es mala suerte que todo se me estropee tan pronto? ¿hago mal uso de la tecnología? ¿o es un complot de las empresas supertecnológicas? ¿Deberiamos volver a la versión tradicional del tetris, cuando los patricios mandaban a sus esclavos adoptar la forma de figuras geométricas para hacer línea, y dejarnos ya de tanta tonteria?

Javierdo, ¡pregunta de examen!

En la vida de toda persona (o tal vez no todas) llega un momento en que uno se da cuenta de que su relación con la televisión comienza a sobrepasar el límite. ¿Y cuál es ese punto? Pues en el que puedes pasar más horas hablando de la vida de los protagonistas de una serie que de la tuya misma.

¿Es eso un problema? Bueno, unos dirían que sí, otros que no. Al fin y al cabo los guionistas se esmeran porque los personajes de sus series tengan una vida mucho más interesante que la de cualquier mortal. Eso es algo que merece todo mi respeto, respeto que muestro enganchándome a prácticamente todas las series de Cuatro.

Porque está claro que las series de médicos, aspirantes a médicos, médicos de urgencias y cirujanos plásticos triunfan. Y, sin embargo, la vida de mi ex-doctora de cabecera, Enedina, no parecía ni la mitad de interesante que la del doctor Vilches.

A donde quiero llegar con todo esto es a que la vieja discusión “Serie de sociólogos si/no” debe acabar ya. Cualquier buen guionista sería capaz de convertir en un drama la falta de representatividad de una muestra o en capítulo de fin de temporada con final abierto la publicación de una investigación que, oh no, el malvado catedrático de sociología señor Poceras ha manipulado para acabar con la carrera de Enrique Tobias, el afamado investigador del CIS.

Así que por supuesto que yo digo sí a una serie de sociólogos, dejaría mi vida a un lado por ver algo así.

Sí amigos, hoy por fin me he decidido. Y lo he hecho. Porque la nuestra no era una de esas relaciones en las que los pasos hacia el compromiso se van dando por supuestos. De esas en las que hoy no sois más que enseñante-enseñado y mañana director-dirigido. No, la nuestra era de esas en las que hay que dejar las cosas claras. Y hoy, enfrentándome a un posible rechazo, a una dolorosa negativa, me he declarado y, sin necesidad de cantarle una ranchera, él ha dicho sí, quiero.

Ya estoy oficialmente tutorizada. Cuánto gozo y alborozo.

¿A vosotros no os pasa que estáis hablando con alguien y de repente os dais cuenta de que no podéis mirarle a ambos ojos al tiempo? A mi sí, y es algo preocupante. Afecta a mi capacidad de atención. Sobre todo porque es algo que tiende a ocurrir en esos momentos delicados en los que un profesor/tutor de prácticas/encargado de Aldeasa te está hablando a ti exclusivamente de algo que tienes que escuchar/entender/memorizar. Y cuando estás ahí, mirándole a la cara, totalmente concentrado, te das cuenta de que eres incapaz de mirarle a los dos ojos a la vez. Ahí es cuando toda tu atención pasa a concentrarse en tu intento por mirarle a ambos ojos para que no se de cuenta de que le estás mirando sólo a uno. Para cuando dejas de intentarlo la otra persona ya ha dejado de hablar y espera una respuesta, a lo que tu sólo puedes decir: “Sí, desde luego, toda la razón, me ha gustado sobre todo el final, no me esperaba para nada ese vuelco en la vida del protagonista”.

Felipe

 

 

 

Bueno, siguiendo con el tema cine, acabo de ver El bar coyote. Si me he decidido a contar esto es porque sospecho que:

  1. Estoy apunto de tener la gripe de mi vida,
  2. debería salir más de casa y/o
  3. debería emborracharme hasta quedarme inconsciente.

Dos motivos fundamentales son los que me empujan a pensar esto:

  1. Generalmente, en los momentos de vergüenza ajena en las películas me siento obligada a cambiar de canal y/o esconderme detrás de un cojín, servilleta, revista, mesa. Supongo que la mayoría de la gente es capaz de afrontar estos momentos manteniendo la vista en la pantalla. Hoy he tenido que cambiarme de habitación.
  2. Llegando el final de la película se ha dado una de esas típicas situaciones en que la chica protagonista le suelta una frase preciosa a su novio pseudoprotagonista y la película va y se acaba. Ahí es cuando me he emocionado.

Mi hermana dice que cuando nota que cualquier cosa le emociona más de lo habitual es porque en breve va a tener la gripe de su vida. Pero creo que debería adelantarme a esa posibilidad, salir de casa y emborracharme hasta quedarme inconsciente para poder olvidar que a pesar de tener una pantalla en el estómago a veces parezco humana. Argh.

Ayer encontré esta maravilla mientras curioseaba en blogs/flogs ajenos:

La oveja de aspecto nauseabundo podría ser un perfecto cruce genético/diabólico entre la oveja del tomaco de los Simpons y la ratamono de Sumatra de Tu madre se ha comido a mi perro.

Esta última película conseguí verla hace unos dos meses. Digo conseguí porque llevaba unos diez años oyendo a mi hermana hablar de ella, pero hasta ahora no se me había ocurrido pensar que podía descargármela. Bendito internet.

El caso es que normalmente cuando has oido durante tanto tiempo hablar de una película (y sobre todo teniendo en cuenta que son diez añazos), en el momento en que te pones a verla por fin te has creado tantas expectativas que por lo general acabas exclamando al terminar: “¿Pero qué estafa es esta?” Frase que también es muy empleada al ver cualquier capítulo de Perdidos.

La cuestión es que no sólo no me sentí estafada, sino que me encantó, cosa que mi hermana no termina de entener del todo, y en realidad creo que yo tampoco.

Conclusiones que puedo sacar de todo lo dicho: primero, que esta entrada está escrita sin querer llegar a ninguna parte; segundo, que mi gusto cada día es más lamentable; y tercero y más importante de todo, los agujeros negros no son tan negros, Stephen Hawking dixit.