Si este es un segundo intento por mantener un blog entre cientos de ellos fallidos es porque es el único que, además del primero, tendrá más de un día de vida. No es una promesa, es una obligación no autoimpuesta.

El primer obstáculo: elegir un nombre. He tardado un mes aproximadamente en pensar cómo se llamaría. Finalmente he elegido el primer nombre que tenía en mente. Con el primer blog tardé una noche. Terminé detestándolo y dando gracias al cielo porque desapareciera para siempre repentínamente.

Supongo, o más bien espero, que de aquí a unas cuantas entradas esto se encarrile un poco y deje de costarme tanto escribir cuatro palabras. Porque en el fondo me gusta la idea de tener un blog, pero odio tener que leer lo que escribo. “Tener que” porque sé que al final terminaré releyendo todo lo que escriba y me sentiré abochornada por cualquier motivo.

Anoche, mientras intentaba dormir a eso de las cuatro de la mañana, pensé las dos primeras entradas. Seguí la misma técnica que utilizo para recordar que he cerrado la puerta de casa, que el coche no está abierto, que no he aparcado en zona prohibida, etc, repetir una acción cinco veces. En este caso repetir el tema mentalmente. Pero debe ser que me quedé en la cuarta repetición mental porque esta mañana no había forma de recordar la segunda.

Así que supongo que para la próxima vez que escriba, o bien he conseguido recordar que era lo que había pensado, o bien mando a la mierda definitivamente lo de pensar y escribo lo primero que se me ocurra que es algo que tengo en mente desde hace tiempo, empezar a decir/escribir/hacer lo primero que se me pase por la cabeza. Cosa que no creo que ocurra, porque es una idea a la que llevo tanto tiempo dándole vueltas que en el momento en que decida llevarla a la práctica, lo que diga, escriba o haga habrá dejado de ser algo espóntaneo.