Una tal Bunny Pérez me la ha jugado y todo apunta a que Santa Cruz me va a dar la patada en el culo. Retomo el tema de esa mala costumbre de los americanos de creer que los extranjeros somos unos trampitas natos. Que sí, que ahora saldrá Frenán con alguna exclusiva de que si piensan eso es porque ellos son aun peores. Cierra el pico y deja que me queje a gusto.

El caso es que la tal Bunny dio por hecho que yo no era estudiante por el programa este de las becas y que se la estaba intentando colar, por lo que me invitaba a pagar los sesenta dolares correspondientes al pago de la solicitud de admisión. A través de un par de emails se suponía que esto andaba resuelto desde mediados de diciembre, hasta que hace unos días me enteré de que no lo estaba y ni siquiera había entrado al proceso de selección. Y bueno, excusas varias carentes de sentido, dos versiones distintas que se dan desde California sobre el tema y una propuesta de reconsideración de mi admisión es lo que hay hasta hoy.

Que tiene su lado bueno también, porque ante la perspectiva de que Santa Cruz se invente cualquier cosa para simular que ha reconsiderado mi solicitud rechazándola finalmente, nos queda la opción dar pena a San Diego, que parece que da sus resultados.

Mi hermana ha imaginado un futuro en el que soy admitida en Santa Cruz con odio y resignación por su parte y en el que el comité de admisiones me achucha constantemente a los de inmigración para hacerme la vida imposible.

Por otra parte, hace dos noches instalé los Sims 2. Y bueno, todo me pareció mucho más sencillo que en los Sims antiguos. Me puse a las once de la noche y a las tres dos ya estaban enamorados, no paraban de darse achuchones sin que yo interviniera, habían aprendido a hacer panqueques para desayunar, y un largo etc. Eso sí, la decoración de las casas es fantástica. Aun así no me pareció lo mismo que cuando hace cuatro años podía pasar una media de siete horas diarias jugando. ¡Aquellos si que eran buenos tiempos!