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A petición popular de dos haré un breve paréntesis en el tema California.
Hace unas semanas se me ocurrió sacarle el tema de las caídas en las escaleras de la facultad, y más en general el tema caídas, golpes y demases en situaciones varias, a Javalinas. Según hablaba me iba dando cuenta de que estaba marcando mi propio destino.
La profecía comenzó a cumplirse el sabado cuando al salir de un bar me estampé con la puerta de cierre de un bar dejándome en ella la frente. ¿Por qué no la vi? Porque el flequillo me impide ver a más altura de un metro setenta si no levanto la cabeza. Tampoco dolió mucho, fue un golpe más bien seco que me dejó un buen rato pensando qué coño había pasado hasta que me levanté el flequillo y vi la puerta.
Y la verdad es que si hubiese estado más repartido entre unos cuantos golpes así a lo tonto habría estado bastante mejor, pero el futuro me deparaba un único y gran momento de gloria.
Bajabamos el lunes a media tarde Saraza, Javalinas y yo del segundo piso de la facultad discutiendo sobre quién ganaría en una pelea de gatas, si Durkheim o Weber. Saraza y yo estabamos del lado de Durkheim, Javalinas de Weber. Yo llevaba unos zapatos con los que había estado haciendo derrapes por la mañana en casa en un intento desesperado por llegar a clase a la hora. Y en esto que se junto el tema suelas lisas, escalones traicioneros y exaltación por la disputa y no sé cómo de repente estaba en el suelo bajando escalón tras escalón con el culo sin poder frenar y cada vez más deprisa. Gracias a dios, Saraza tuvo la amabilidad de cogerme de un brazo para intentar frenarme en el séptimo escalón, mientras que Javalinas, el muy weberiano, no movió ni un dedo.
El resultado, dolores varios y un moratón en la rodilla, lugar que en ningún momento tocó escalón alguno. Moraleja, nunca intentéis llevarle la contraria a Javalinas, una mano invisible estuvo detrás de esa caída, y me la juego a que fue cualquiera de sus esbirros.
Lo bueno es que a Javalinas hoy se le ha ocurrido comentar algo así como que él nunca había tenido una caída de estas que marcan historia. Ha cometido el mayor error de su vida. Javalinas, te doy una semana.
- Alfred Hitchcock vs Bill Cosby: ¿Quién era quien? ¿Quién podía saberlo? ¿Qué importaba que uno fuera blanco y el otro negro? La confusión derivaba de que para mi los títulos de sus series eran el mismo, sólo cambiaba el nombre del protagonista. “El show de Bill Cosby” y “La hora de Alfred Hitchcock”. ¿Qué no se parecen? Lo sé, yo tampoco lo entiendo. Pero es la historia favorita de mi hermana.
- Tio Javier vs tio Fernando: Repito, ¿quién es quien? ¿Qué importa que sean los hermanos de mi madre a quien llevo viendo varias veces al año desde que nací? Hace unos años desarrollé una técnica para no confundir sus nombres gracias a la cual las cosas parecen más claras ahora. Aunque a veces sigo dudando. Es como el tema de recordar cuál es la derecha y la izquierda, el Este y el Oeste, lo vertical y lo horizontal. ¿Alguien sabe si este tipo de confusión se debe a daños en alguna parte del cerebro? De pequeña me dejé la cabeza en un bloque de cemento, ¿podría ser el motivo?
- Entrevista con el vambiro: esta confusión es un poco de relleno, porque está claro que todos tenemos estas confusiones absurdas de pequeños. Porque no, ni sigo diciendo vambiro ni pargulitos. Aunque de pargulitos me costó deshacerme unos cuantos años más que de vambiro.
- Jaén capital de Extremadura: No sé qué me llevó a pensar esto, pero ni con las clases de geografía salía de mi error. Es de esas veces en que te empeñas en que algo es así y aunque tu profesor de esté diciendo “Jaén capital de Jaén” tu seguirás escuchando “Jaén capital de Extremadura”.
- Y después del 19 llega el 90: Porque el 20 y el 90 suenan prácticamente igual ¿no?. Menos mal que mi madre consiguió convencerme de que no era así. Si no ahora mismo tendría 94 años y no habría hecho nada en la vida.
¿Qué sólo hay cinco cuando dije Top Ten? Lo sé, pero Top Ten sonaba mejor que Top Five, y ya es humillarse demasiado por el hecho de tener que escribir una entrada.
Existen familias en las que ocurren fenómenos extraños. Y como hoy en día con esto del boom inmobiliario es muy probable que te toque vivir en una casa construida sobre un antiguo cementerio indio, mi familia no iba a ser menos.
Uno de los primeros casos fue el de las caras que mis padres veían en las humedades del techo del cuarto de baño de mi casa antigua. Yo no tenía ni idea de esto hasta que mi hermana me lo comentó hace un tiempo. Supongo que porque siempre he sido bastante cagona. De hecho acabo de buscar en el google Bélmez para asegurarme de que lo escribía bien y me ha entrado el acojone con las imágenes que han salido. Y eso, que es un poco como las caras Bélmez, aunque, claro, mis padres nunca tuvieron ánimo de lucro (en realidad yo no sé si los señores de Bélmez cobrarían entrada, pero me imagino que algo sacaban con todo aquello) y se lo tomaban con bastante más humor.
Luego tenemos al fenómeno paranormal de la familia, mi abuela Stigmila. No es rusa, pero le dan derrames de vez en cuando en los ojos y alguien decidió apodarla como Stigmata, y de ahí derivó lógicamente a llamarse Stigmila, por aquello de que se llame Milagros. No sé si habreís visto la película “Stigmata”, pero entre los derrames y el hecho de que sea una firme creyente, que piensa que la carrera nos la hemos sacado fifty-fifty la virgen María y yo, en un familia de ateazos, me la veo un día de estos en plena comida familiar levantándose y exclamando “Il messagero non è importante” y a mi me puede dar el ataque.
Y por último, el más reciente a la par que extraño suceso que lleva ocurriendo más o menos desde hace cosa de un año. Decidimos archivarlo como “El misterioso caso de las tacitas andarinas” más que nada porque de eso es de lo que se trata, de tazas que aparecen en lugares donde no deberían estar, como las escaleras o al lado de la puerta del baño. Este asunto tuvo bastante mosqueado a mi padre, hombre sumamente ordenado, capaz de darse cuenta de que un libro ha sido desplazado medio milimetro de su lugar original, al que no le hacía mucha gracia que las tazas estuvieran donde no debían estar. Mi hermana y yo siempre hemos sospechado que mi madre tiene bastante que ver con ello, pero no se nos ha ocurrido preguntarle nunca porque la verdad es que es más molón que mi padre siga mosqueándose con el tema y que parezca un caso digno de ser tratado por el gran Iker Jiménez. Yo lo equipararía al intrigante suceso de las impresoras que imprimieron unos y ceros durante un corte de luz, ¿extraterrestres Iker?
Por cierto, “Milenio 3″ es sin duda mucho mejor que “Cuarto Milenio”.
Parece tontería, pero a veces se hace duro tener que actualizar el blog. Ya no porque no se te ocurra nada que decir, sino porque le acabas cogiendo cariño al último post que escribiste.
Durante media hora estuviste pensando algún tema, otra media hora te dedicaste a darle vida y quince minutos más para corregir incoherencias y errores ortográficos (tiempos aproximados). Y si realmente te sientes orgulloso de él lo reeleras quince veces más, pensando: “Joe, en la vida haré otro igual, que putada que ya lo haya escrito” y desearás que todos los días fueran una repetición de aquel en que escribiste “El Gran Post”.
¿Y esos posts que nunca ven la luz? Ayer estuve haciendo limpieza de posts no publicados y decidí quedarme con uno. No podré publicarlo a menos que se de una conjunción de astros y vuelvan a poner dos capítulos de “Urgencias” seguidos, que sean de la misma temporada, uno continuación del otro y que Romano resucite para morir de nuevo aplastado por un helicoptero o tal vez devorado por un pterodáctilo (aunque también cabe la posibilidad de que los repitan).
Yo tenía el recuerdo de pasar vergüenza ajena leyendo los antiguos posts de mi difunto blog. ¿Me convierte esto en una egobloggera?
Hace unos años mi hermana y yo descubrimos que llevabamos toda la vida compartiendo un problema de percepción visual que nunca nos habiamos comentado la una a la otra. El problema residía en esta señal:

Su nombre oficial es el de señal de advertencia de peligro por pavimento deslizante o algo así. El extraoficial, “Señal del niño ruso”, que deriva directamente de nuestro problema de percepción. Porque desde pequeñas ambas veíamos en esta señal a un niño ruso en lugar de un coche y dos líneas de deslizamiento (que ahora que me fijo es imposible que las ruedas hayan seguido ese camino) . Pero a ninguna se nos ocurrió comentárselo a la otra. Y con el tiempo hemos descubierto que hay bastante más gente a la que le ocurre lo mismo.
No digo que los niños rusos se distingan del resto de niños del mundo por parecer coches medio volcados apoyados sobre dos líneas curvas. Así que para entendernos y que pueda ser visualizado con claridad daré dos claves:
- El niño aparece de perfil, y sólo se le ve cabeza y cuello, un poco rollo Linus, el amigo de la mantita de Charlie Brown.
- El coche es un gorro de estos típicos rusos. Con pelito, orejeras incorporadas y tal.
Así que tenemos que:

El parecido es espectacular, ¿no?
Siempre he pensado que a los diseñadores de esta señal les debió invadir el espíritu de Escher cuando se pusieron al tema. Aunque realmente el tema de las señales de tráfico es bastante controvertido. ¿Quién no se ha imaginado ante la señal de “¡Peligro!¡Bandas sonoras en la calzada!” cds de “Titanic” y “El guardaespaldas” desparramados por la carretera? Me entran tentaciones de dejarlo todo para ponerme a diseñar señales de tráfico.
Hace unos días envié un email al EAP (Education Abroad Program) de la Universidad de California comentándoles que había tenido algunos problemillas para enviarles mis resultados del TOEFL y el GRE. El EAP es el programa que lleva el tema de las becas de California, los que manejan el cotarro, y hay que mandarles una copia de todo lo que mandas a cada campus para que alguno te admita. En dicho email les conté mi vida para terminar concluyendo que debido a que no soy muy espabilada no había conseguido encontrar el código exacto para mandarles las puntuaciones.
Pues debe ser que me expliqué aun peor de lo que yo pensaba porque me han respondido pidiendo que haga el favor de dirigirme a la información que ya debería haberme leído sobre cómo hacer todo cuando comencé con el tema este de la beca allá por finales de septiembre.
Vale, la cosa es que todo esto obviamente lo escribí en inglés y creo que en ello radica parte del malentendido. Y aquí es a donde quería yo llegar. ¿Por qué los idiomas no pueden tener una media de 1000 palabras? ¿Por qué no 100? ¿No sería más fácil para todos? ¿Acaso no hablarían los ingleses mejor si esto fuese así? Y ya qué estamos ¿no podría hacernos la población anglosajona el favor de hablar inglés a la española, es decir, sustituyendo cada hache por una jota y pronunciando tal cual se lee, que si yo estoy en Inglaterra y pongamos que digo al azar la palabra radiohead, pronunciando la a como a y la hache como jota, todo el mundo me entienda?
Así pues, y para dar ejemplo, os invito a que reduzcamos el español a 100 palabras. Elijámoslas juntos y fundemos la academia non-official de la lengua española. Mi primera propuesta es “piscolabis”.
Últimamente le he estado dando vueltas a mi proyecto para dominar el mundo. Y lo veo algo complicado.
Primero porque tengo la mala costumbre de jugarme el dominio del mundo en cualquier apuesta. Y ahora mismo no lo tengo, pero el día que lo tenga podría arrepentirme bastante.
Supongamos que Dios está jugando una partida de dados con un par de ángeles y decide apostarse el dominio del mundo. Aclaremos antes de nada que partimos de la idea de que es Dios quien domina el mundo. Ahora imaginemos que uno de los ángeles le gana y el mundo queda en manos de un ser asexuado que va dando noticas de embarazos por el mundo. Creo que no hace falta que siga explayándome con el tema o podría resultar un tanto desagradable. Todos nos hacemos una idea de la clase de mundo siniestro e infernal que sería ese y todos entendemos el simil.
Segundo porque había empezado a vislumbrar la idea de servirme del blog para ello, pero me sobra pereza y espesor y me falta constancia y garra para enganchar adeptos. Y los subordinados no se mantienen sólos. Hay que tenerlos bien agarrados y eso sólo se consigue con el trabajo diario. Si no luego empiezan las rebeliones, revueltas y revoluciones. No es que crea que únicamente a través de un blog se pueda conseguir el dominio del mundo. Pero se empieza por un par de lectores/comentaristas habituales, se sigue por un club de fans incondicionales y acabas teniendo hordas de seguidores/internautas que te jalean y gritan ¡Líder, líder, líder! en todos y cada uno de los comentarios que escriben, y de ahí a que salgas a la calle y te griten “¡Guapa!” hay un paso.
En fin, que mantener un blog es en mi opinión una tarea complicada y a falta de temas uno acaba revelando sus mejores reflexiones acerca de lo que un buen pretendiente a dominamundos no debe hacer y años de preparación se van al garete porque puede que alguno de vosotros esté ahora apropiándose de estos no-planes y se me termine adelantando. Sabandijas.
Ayer estuve tentada a hacer un comentario sobre los contenidos del GRE (examen sobre conocimientos básicos para entrar en el tercer ciclo de las universidades americanas) en el blog. Pero recordé esa especie de contrato que me hicieron firmar en el que se me prohibía expresamente hablar de cualquier parte del contenido del examen bajo pena de muerte. Me entró el pánico y decidí no comentar nada.
En el examen del TOEFL (examen de inglés como segundo idioma) pasaba lo mismo. Que no sé yo, pero a menos que tengas la memoria del tamaño de un melón (grande) es imposible que puedas recordar cada una de las 28 preguntas que como mínimo hay en cada apartado con sus cuatro posibles soluciones. Más los textos, los audios, y un largo etc.
Y es que empiezo a pensar que los americanos sobrevaloran demasiado al extranjero: que si tenemos una memoria excelente, que si conocemos los mejores trucos para hacer trampas en un examen, que si tenemos armas de destrucción masiva capaces de destruir el mundo, etc etc.
Porque esa es otra. En el examen del TOEFL no te dejaban pasar ni pañuelos por si simulando que te vas a sonar los mocos lees la chuleta con los verbos que previamente has escrito en los mismos. Claro, el viernes con toda mi buena fe le pregunté a la guardiana del GRE que si podía pasar pañuelos y me miró como si viniera de otro planeta. Y yo supongo que esto es porque el GRE lo hacemos americanos y no americanos, y un americano es de todos sabido que no hace trampas pañuelo en mano. Pero ¡ay los extranjeros, panda de degenerados!
Que digo yo, podían poner directamente policias a la entrada del centro examinador, unos para registrarnos los bolsillos y otros con una máquina de la verdad, o en su defecto un vidente, para saber a qué tipo de tramposo se están enfrentando. Si esto fuera así ahora mismo no estaría con el alma en vilo preguntándome si no estará en estos mismos instantes siendo examinada la cinta de la cámara que había sobre mi cabeza con el momento en el que saqué un cigarro para el descanso en el que llevaba escrita la fórmula del área de la circunferencia.
En la vida de toda persona (o tal vez no todas) llega un momento en que uno se da cuenta de que su relación con la televisión comienza a sobrepasar el límite. ¿Y cuál es ese punto? Pues en el que puedes pasar más horas hablando de la vida de los protagonistas de una serie que de la tuya misma.
¿Es eso un problema? Bueno, unos dirían que sí, otros que no. Al fin y al cabo los guionistas se esmeran porque los personajes de sus series tengan una vida mucho más interesante que la de cualquier mortal. Eso es algo que merece todo mi respeto, respeto que muestro enganchándome a prácticamente todas las series de Cuatro.
Porque está claro que las series de médicos, aspirantes a médicos, médicos de urgencias y cirujanos plásticos triunfan. Y, sin embargo, la vida de mi ex-doctora de cabecera, Enedina, no parecía ni la mitad de interesante que la del doctor Vilches.
A donde quiero llegar con todo esto es a que la vieja discusión “Serie de sociólogos si/no” debe acabar ya. Cualquier buen guionista sería capaz de convertir en un drama la falta de representatividad de una muestra o en capítulo de fin de temporada con final abierto la publicación de una investigación que, oh no, el malvado catedrático de sociología señor Poceras ha manipulado para acabar con la carrera de Enrique Tobias, el afamado investigador del CIS.
Así que por supuesto que yo digo sí a una serie de sociólogos, dejaría mi vida a un lado por ver algo así.
Sí amigos, hoy por fin me he decidido. Y lo he hecho. Porque la nuestra no era una de esas relaciones en las que los pasos hacia el compromiso se van dando por supuestos. De esas en las que hoy no sois más que enseñante-enseñado y mañana director-dirigido. No, la nuestra era de esas en las que hay que dejar las cosas claras. Y hoy, enfrentándome a un posible rechazo, a una dolorosa negativa, me he declarado y, sin necesidad de cantarle una ranchera, él ha dicho sí, quiero.
Ya estoy oficialmente tutorizada. Cuánto gozo y alborozo.


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